I miss you too, L

Nunca he sabido decir por qué Londres. Qué es aquello que me dice que no hay otro igual, que por muy bonita que sea cualquier otra ciudad, siempre será Londres. Así que brevemente diré lo que me gusta de ella.

Me encantan esos tímidos rayos de sol entre nubes grises que sin duda hacen que tu abrigo sobre en pleno diciembre. Adoro pasear por calles entre miles de personas y perderme, desaparecer, no ser más que otro caminante enamorado de sus calles. Esas calles que te trasladan en cuestión de segundos a otra ciudad solo con caminar. Porque a veces incluso puedes pensar que has viajado en el tiempo y solo deseas que ese tiempo, no acabe nunca.

Y cómo no, adoro sus caminantes, adoro que cada persona sea distinta, que cada uno deje su alma al descubierto sin importar qué piense el resto, porque en Londres nadie opina, nadie mira, solo ven en ti lo mejor, lo que tus ojos enseñan. Me encantan los peinados recogiendo el pelo más rosa chicle que haya visto jamás, cruzar la calle de perfil por no engancharte a una falda que ocupa media calle o mirar al suelo esperando no pisar ningún pie descalzo. Y me encanta su educación, por amor de dios, adoro la educación de Londres.

Me encanta que sin importar la edad, sigas siendo “Madame”, que no importa si he sido yo quien he chocado contra esa persona, que antes de poder pedirle perdón será él quien ya me haya sonreído y me haya dicho ese maravilloso “So sorry, Madame”. Porque en Londres aprendes a no dejarte llevar por las apariencias. Porque en el metro será el chico de dieciocho años con cresta, cadenas y sudadera el que cederá el asiento a la anciana que se balancea en la puerta. Que al ver tu cara de perdida se acerque alguien para indicarte la dirección que debes tomar, que te deseen un buen día en una tienda al salir y en el autobús te den la bienvenida a Londres después de haberte ayudado a bajar la maleta.

¿Pero queréis que os diga cuál es mi momento favorito? Era 27 de agosto del 2015, tenía que ir al aeropuerto en dos horas y había aprovechado a acercarme a despedirme de él, Londres y yo, solos por unos pequeños minutos. Entonces se acercó una señora que delicadamente me tocó el brazo para llamar mi atención. Nunca he sido buena calculando edades, pero rondaría los 80 años, tenía uno de esos ojos azul cielo que transmiten ternura a raudales y llevaba el pelo recogido en un elegante moño.

Entonces me sujetó las manos y con la mayor de las sonrisas me dijo: “London will miss you too, and will wait for you as much as you need to come back

Y la creí, porque no hay nada más bonito que pensar que la ciudad te echará de menos tanto como tú a ella.

Dos mil diecisiete

Querido 2016,

No voy a decir que te vaya a echar de menos, porque sinceramente, no lo haré. Podría decirse que has sido con diferencia el año que más quebraderos de cabeza me ha regalado. Pero entonces, me viene a la mente una de esas preguntas  y… ¿Lo harías? Si pudieras, ¿borrarías los 365 días? No, porque entre todos los errores, sustos y despedidas, también he encontrado caras nuevas, promesas y sueños cumplidos.

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Así que gracias, por cada sonrisa, por cada viaje, por cada sorpresa, por caminar descalza sobre la hierba mojada, por la playa… Por lugares en los que gritar “Aquí es donde quiero estar” y personas a las que decir una y mil veces “Gracias” y “Te quiero”. Por sentirte la persona más segura del mundo cuando te abrazan y ese mareo al sujetar una mano. He aprendido que no todo es el reflejo de un espejo o lo que los demás creen ver en ti. No todo son tallas de pantalón, maquillaje o planchas para el pelo, y yo me quedo en el momento de quitarse los tacones y echar a correr. Gracias, por la oportunidad de volver una vez más a mi pequeño paraíso y verlo brillar, he vuelto a pasear por calles que me hacen más feliz de lo que los libros dicen que se puede y he sabido que siempre será Londres ese destino al que llamar hogar y sobre todo, por dejarme llevarme conmigo a mi mayor tesoro, mi familia.

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Gracias por ayudarme a descubrir qué es lo verdaderamente importante, a saber cuándo merece la pena luchar o cuándo saber que hay batallas perdidas que sí son guerras perdidas. He tachado sueños viejos que ya no quiero cumplir y he escrito nuevos por encima, pero también he vuelto a subrayar otros que con los años siguen conmigo.

Este año se me han escurrido las ganas de discutir por tonterías, por el desagüe de la indiferencia, sigo desgarrándome la garganta cantando canciones que cuentan historias sin importar lo mal que lo hago, que las librerías siguen siendo mi pequeño escondite de magia. Sigo metiendo la pata como nadie y equivocándome seis veces con la misma piedra. También ha sido un año más en el que sentirme orgullosa de tantas cosas que me emociona solo pensarlo, un año para seguir creyendo que en mi futuro llevo un pijama azul y zuecos antideslizantes, he descubierto por fin lo que mi mente quería decirme y (por muy empalagoso que suene) descifrar la ecuación más complicada de mi corazón.Processed with VSCO with g3 preset

Ha habido caras nuevas y abrazos que suenan especial, ha habido despedidas para las que no estaba preparada y otras con las que sin saberlo, hacía demasiado tiempo que había dicho adiós.

Este año he sentido miedo y he sabido lo que significa querer ser fuerte y no saber cómo, lo que cuesta a veces no caer y lo bien que sienta darte cuenta que al caer habrá alguien que te sujete. También he llorado mucho, para qué negarlo, he llorado de frustración, de cansancio, miedo, tristeza, he llorado de alivio y he llorado de felicidad. Y este año, un año más, he vuelto a echarte de menos, a soñar con brindar con una copa de champán y saber que por mucho tiempo que pase, tus abrazos serán siempre refugio para mí.

Has sido un mal año, para qué nos vamos a engañar, pero has sido tú quien me ha enseñado lo más valioso que tengo, que no estoy sola.

(Gracias, por estar)

Sin título.

Desde que me propuse escribir todas las semanas, he entendido que hay veces que no. Que hay veces que tu día no quiere palabras. Sin poder entenderme ni encontrar la forma de poder explicarme.

Entonces es cuando aparecen esos párrafos llenos de frases cortas sin sentido, una mezcla caótica de sentimientos, palabrotas, un golpe al teclado y como colofón ese más que frecuente DELETE.

Para muchos escribir puede ser como una reunión con su psicólogo y sus problemas, así como vengan. Es ahí cuando entre tanto caos lo encuentran, el más mágico desorden ordenado. Yo también pido cita, pero cuando sentada en el más acogedor sillón es el silencio quien se vuelve mi mejor consejero.

Quién lo diría, una amante de las letras perdida en la más absoluta hoja en blanco.

Quizás para alguien suponga vértigo, sensación de vacío cuando ni tú mismo entiendes qué es aquello que pulula entre tus neuronas. Yo no. Simplemente me paro y me siento en casa, porque no necesito saber lo que ya sé. Porque la respuesta a la pregunta siempre es Sí, y qué poco me gusta que así sea.

 

Dear me

Querida yo del futuro,

No sé donde habrás encontrado esta carta, ni cuando lo harás. Seguramente esté doblada en tu libro favorito de cuando tenías veintipocos años. Ahí es donde tenía pensado guardarla, aunque quién sabe, quizás en uno de esos ataques de ordenar, la haya cambiado de sitio y la hayas encontrado en esa caja de recuerdos que guardas en la habitación.

¿Cómo estás? Sabes, la duda que más me viene a la cabeza es ¿Cómo eres? ¿Cuánto has cambiado? Puede que para ahora hayas olvidado muchas de las cosas que para mí son un mundo y lo que puede ser un mar de lágrimas ahora, quizás sea motivo de carcajada en el futuro. Ojalá. Puede que hayas vuelto a cambiarte el pelo y lo lleves rosa o azul o naranja. Espero que no. Puede que simplemente sigas siendo yo, la de ahora, la que yo conozco. Quizás.

Por si no te acuerdas del día exacto que te escribí esta carta fue un 8 de Agosto del 2016. Es lunes, no hace un día de verano maravilloso pero el sol brilla y sé cuánto nos gusta eso. Aunque este verano sin duda ha resultado ser diferente. No es el que imaginabas que sería aquel mes de Junio cuando empezaste a planear tus vacaciones pero sé, sabes, sabemos que podemos con esto y con mucho más, poco a poco. Como dicen siempre, con calma y con buena letra, sin prisa, y vamos por buen camino. Todo ello, solo es posible con algo tan importante como tener una mano que te levanta y te da el empujoncito que necesitas.

En unos días volverá a ser la noche de las perseidas, quizás vienen para darnos un poco de color a este mes de agosto. No recuerdo cuando empezó a gustarnos tanto ese día, y sí, mentiría si dijera que ya no miro al cielo pidiendo un deseo. Al principio no eran más que uno de esos deseos como otro cualquiera, de esos que se piden a las velas de los cumpleaños o a las pestañas que se nos caen. Pero ahora… Hace tiempo que son deseos importantes y este año volveré a pedirlo, el que siempre pedimos, ese que lanzamos al aire esperando que nunca cambie nada, que todo siga como está. Así que este viernes volveré a dejarme llevar un poco por ese toque de magia y volveré a asomar el hocico hacia el cielo. Quizás veamos alguna, cruzo los dedos.

Me gustaría tanto saber cómo estás… Por dios, ojalá pudiera verte ahora para saber que al final, no lo hicimos tan mal, que al final las decisiones desastrosas que has tomado nos han traído a un bonito momento. Te preguntaría tantas cosas… Pero como ambas sabemos que la vida no es como un anuncio de lejía en la que me aparecerás vestida con un traje de licra diciéndome que vienes del futuro para responderme todas mis dudas, voy a ser yo quien hable esta noche, seré yo quien te cuente lo que espero que sea mi futuro algún día, quién sabe, ahora puede que tengas un bolígrafo rojo con el que vas marcando un bonito tick a lado de todo lo escrito.

Sé que hablar desde unos jóvenes 22 años es distinto y que la vida se ve desde otra perspectiva, pero espero que sigas pensando lo mismo que yo ahora, que sigas creyendo que en tu vida no te arrepientes de nada, dime que sigues lanzándote a la piscina con la ropa puesta y que sigues siendo tú.

Júrame que eres feliz, dime que tu vida se resume en cuanto azúcar le pongas y que la nuestra sigue tan dulce como siempre. Dime que por fin te has hecho mayor pero sin perder eso que nos hace únicas, que has llegado a ese momento de madurez pero sabiendo aprovechar los momentos únicos tal y como se merecen, cuando vengan y como vengan, siempre con una sonrisa y alguna canción de fondo. Dime que sigues riéndote sin motivo y que encuentras la película más idiota, como la mejor de la semana por la cantidad de carcajadas que te ha robado, que los helados de chocolate siguen siendo tu perdición y que la camiseta que lleves puesta sea la única que acabe perdida, que todavía adoras la nieve y porque no, que no hay nada como un Cola Cao y una película Disney.

Por favor, por favor, por favor, dime que sigues perdiéndote en las letras. Dime que sigues encontrando frases con las que enamorarte una y mil veces, que todavía hoy encuentras libros que añadir a tu estantería. Y cómo no, dime que Kaiet sigue estando entre tus favoritos.

Dime también que sigues teniendo esas personas a tu alrededor con quien pasar las horas muertas, que sigues mandando esos mismos mensajes de Quiero verte y esas cenas que no perdonan, que siguen estando los abrazos después de meses sin veros y los Te quiero que no caducan nunca. Puede también que ya no vivas en casa, quizás has encontrado otro lugar al que llamar hogar pero prométeme que nunca olvidarás donde está el importante. ¿Cómo están? Prométeme que los cuatro estáis bien, que todos seguimos en nuestra línea, tan diferentes y a la vez tan iguales.

Dime que sigues siendo la misma romántica de siempre y que no dejas que lo que sale mal te asuste, dime que sigues luchando por los corazones y que siempre tienes pegamento para un corazón roto, porque eso, querida mía, es vivir. Quizás puedas hablarme sobre él. Cuéntame como es, como os conocisteis, como es su voz, pero sobre todo, cuéntame cómo nos mira. ¿Lo hizo verdad? Tiró abajo todos los muros que te encargaste de construir y encontró esa persona a la que tenias oculta, y por dios, dime que por fin dejaste de protegerte en tu zona de confort y por fin te permites sentir.

Cuéntame si al final nuestro sueño se hizo realidad, cuéntame que te lanzaste y cogiste el coche como tantas veces hemos soñado. Dime que viajas. Por dios, no importa el cómo, el donde, cuanto, cuando o cualquier otra pregunta que se te ocurra, dime por favor, que viajas. Dime que todavía te quedan miles de lugares en los que perderte, miles de mares, miles de vientos que respirar y que sigues guardando un pequeño recuerdo de cada uno de ellos. Viaja, viaja mucho, todo el rato, con compañía, en solitario, en avión, coche, andando… Qué importa, viaja. Y aunque esta parte nos guste menos, quiero que sigas aprendiendo idiomas, que sigas acercándote un poco más a esos lugares especiales.

No sé como despedirte, despedirme, así que no lo haré. Solo espero que mientras me lees, tengas una de esas vistas que tanto nos gustan justo delante de tu ventana, que lleves el vestido más colorido de la ciudad y que no hayas cometido la tontería de ponerte tacones, sabes que tienes que llegar lejos y con ellos no lo harás. Te mando un abrazo, de esos que nos gustan, los que huelen a hogar.

Te, me, nos quiero.

 

24 horas de luz

Siempre tenemos esa idea en mente de que para tener experiencias inolvidables o para vivir realmente es necesario coger un avión, viajar e irse lejos. Y quizás en parte me incluyo en ese grupo. La de veces que sueño con esos lugares marcados en el mapa del mundo.

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Pero entonces coges el coche y te acercas a la playa, compras una entrada de cine o asistes a un concierto, compras globos y vuelves a tener una guerra de agua hasta que de reirte no puedas ni respirar o ese momento en el que un picnic debajo de tu casa acaba siendo tu recuerdo más bonito.

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Viajar tiene su magia, por supuesto que la tiene y sé que siempre seré una de esas personas que nunca se cansará de viajar. Pero el día a día también la tiene, tiene una magia que quizás a veces brille menos, pero entonces es cuando nosotros le damos luz.

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RED

Me he comprado un vestido rojo. Uno de esos que se te pegan a la piel, largo, hasta debajo de la rodilla. Era uno de esos días que se tuercen, te levantas por la mañana, y por mucho que estés de vacaciones, hay veces que un lunes sigue siendo un lunes, sea la estación del año que sea.

Y entonces tu madre te pregunta si te apetece acompañarla de compras. Todos sabemos que es típico plan al que nunca podrías decir que no: Encontrar algo que te guste, que te siente bien, y con el que sentirte guapa es la mejor forma de dar un poco de vida al día.

Ha sido entonces cuando lo he visto colgando de la percha, en una esquina de la tienda mientras todo el mundo pasaba de largo. Diría que no hay mensaje del mundo más claro que un único vestido en toda la tienda y justo de mi talla. Así que no lo he pensado mucho, lo he cogido y he marchado a los probadores. Aquí es cuando entras y te miras en uno de esos espejos que te hacen más morena, más alta, más delgada, más perfecta, que sabes que en cierta medida no eres quien se refleja en ese espejo, sabes que quizás esa cadera sea un poco más ancha, o que dos días de playa no te dan ese toque caramelo en la piel pero entonces surge esa vocecilla en la cabeza para intentar auto convencerte, esa que dice “Cómpralo, si no te gusta siempre puedes devolverlo

Así que allí iba yo, camino a casa con el vestido metido en la bolsa y con el día un poco mejor. Entonces llegas a casa y vuelves a probártelo, vuelves a mirarte en el espejo, pero esta vez el tuyo, el que no tiene ni trampa ni cartón, porque la que se refleja ahí eres tú.

Y me encantó.

Porque ahora mismo ojalá pudiera contarle a aquella chica de 17 años que fui, la que se pasaba el día sobre una báscula, con dietas imposibles día sí y día también; la que encontró en correr algo mucho más que un deporte, ojalá pudiera contarle a aquella chica después de tiempo que no hay nada mejor que dejar de compararte con todo el mundo, porque eres tú, y en ser tú, no hay quien te gane.

Y quien sabe, quizás fue un vestido rojo, o que hacía tiempo que por fin empezaba a darme cuenta que llevaba años haciendo el imbécil viendo fallos, pero diría que no hay nada más importante en el mundo que quererse a sí misma y pararte frente al espejo y con una sonrisa gritarle a esa que te mira a través de él un bonito: “¡Pero mírate, hoy estás más guapa que nunca!”. Y oye, que eres tú y te quieres.

Según los estándares de belleza de hoy en día, pasar de los 60 kilos parece ser un pecado, pero yo pienso que lo importante no es el número, sino conseguir algo tan mágico como mirarse y sonreír.

Puede que ahora mismo, con mi último párrafo quizás haya dado la imagen de chica segura que camina sobre tacones de 20 centímetros por la calle y con la barbilla mirando a las nubes. Nada más lejos de la realidad, más bien soy la que 5 centímetros de tacón ya me parece un logro, y miro siempre hacia abajo no vaya a encontrar algún bordillo cabrón que me haga tropezar. Pero me gusto, sí, hay días que no, que aunque quieras no tienes el día, sobre todo en esa maldita época de exámenes en las que el atractivo se queda perdido en algún cajón abandonado, y todavía puedo recordar todas y cada una de las lagrimas que he ido echando a lo largo de toda mi vida por temas como tener una talla de pantalón o tener otra, por no tener el pelo liso como el resto de mis amigas o por haberme pasado gran parte de mi infancia con unos dientes mirando a Cuenca (doy gracias por los avances odontológicos).

Pero, unos años después, dejas de mirar atrás y echas un vistazo a la que te sonríe en el espejo con un bonito vestido rojo que hace unos años estás segura no te habrías puesto y le dices un “Gracias, por no cambiar

Mi sofá de Ikea no tiene precio.

Intentaré no ser una de esas chicas que se vuelven empalagosas cuando hablan de alguien importante, pero siendo sincera, creo que no seré capaz. Te pasas la vida jurando que nunca serás como el resto y acabas igual o peor en cuanto eso que llaman amor aparece en tu puerta.

Ahora mientras escribo, está sentado a mi lado, con las gafas de ver puestas, el pelo revuelto y un pijama que desde luego no coincide. Está tan concentrado trabajando que no se ha dado cuenta que hace quince minutos que no le quito la vista de encima. Y qué queréis que os diga, le veo tan sexy que me lo comería con patatas. Diría que algo tan simple como eso, es el amor.

Todas las películas se pasan los 90 minutos contándonos milongas de que el amor es complicado y enfermizo. Y dejad que os cuente algo, no lo es. No me pondré a explicar lo que es enamorarse porque a cada uno le llega a la patata de un modo distinto. Pero si ahora alguien me preguntase diría que el amor es ahora, el amor es sentir que todo tu mundo es algo tan pequeño como un sofá de ikea.

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Hace unos días una amiga me preguntó lo siguiente: “¿Qué es lo que más te gusta de él?”. ¿Qué es lo que más me gusta de él? Hay tantos detalles que no sería capaz de elegir solo uno.

Siempre, a todas horas, sea la estación que sea, frio, calor, te lo encuentras descalzo. Su pasión, por muy rara que parezca, es descibrar ecuaciones imposibles, entre las que me incluye como su “misterio más bonito”. Es irónico pensar que algunos de mis momentos favoritos son gracias a raíces cuadradas y fracciones.

Me encanta cómo busca mi mano mientras conduce, cuando aun teniéndonos a medio metro el uno del otro nos echamos de menos, o como sin darnos cuenta, hace horas que caminamos con nuestros brazos alrededor del otro.

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Me encanta perderme en ese hueco que tiene entre su cuello y la clavícula, un espacio pequeño que para mí es hogar.

Huele como las cosas que más me gustan, y sobre todo huele a menta, siempre, y me encanta.

Cómo me mira. Hay personas que saben mirar, y no me refiero a distinguirte entre la multitud, me refiero a esas personas que te ven. Puede que esa mirada sea algo tan breve como un segundo o tan larga como una noche, pero me hace sentir importante, guapa, me hace querer ser mejor y me hace querer perderme en sus ojos marrones durante todo el tiempo que ese tiempo nos permita.

Adoro el sonido de su voz, sé que es una frase demasiado utilizada por las películas, pero hasta mi nombre suena distinto si lo dice él, y no hablemos cuando dice mis palabras favoritas: “He comprado palmeritas de coco”.

Y por último pero no menos importante, cómo me trata. Y yo me quedo con eso, con cómo me trata. Porque es entonces cuando realmente sé quién es, y me encanta.

Porque a veces, lo que no esperabas, aparece vestido de traje y corbata, y aquel “te llamaré” que solo con mirarle a los ojos, supe que cumpliría.

Solo para que lo sepas, yo no te quiero más que ayer y menos que mañana, que eso es para los poéticos, yo soy más de palabras sueltas y mucho desorden, yo te quiero todo a la vez, sin racionar en dosis entre las horas, como a nosotros nos gusta querernos.

 

Sobre ruedas

¡Ya hemos entrado en Julio compañeros! No sé si será para todo el mundo, pero para mí Julio es el mes de empezar las vacaciones oficialmente, por fin el mes de playa, operación conguito, helados a punta pala y muchas muchas maletas.

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Fuente: Tumblr

Supongo que nos pasa a todos, sentir la emoción antes de irse de viaje. Ya sea un día, cuatro o veinticuatro, somos como auténticos niños con una piruleta de corazón. Haces una de esas listas interminables que al final sirven para poco y comienzas a sacar ropa guardándola en la maleta con sumo cuidado (nada comparado con el estado lamentable en la que vuelve).

Dejas muy a tu pesar todos los tacones guardados en el armario y acudes a tu fiel compañera de kilómetros: Las zapatillas blancas de deporte de toda la vida. Comienzan los mensajes de: “Ya he comprado una tarjeta de memoria nueva”, “Salimos a las 8 de la mañana”, “Qué ganas de que llegue” a los que respondes con veinte sevillanas del whatsapp mientras tú misma te echas un baile en medio de zapatos, bolsas, estuches y ropa.

En definitiva, diría que el viajar tiene un sabor especial, pero ese “¡nos vamos!” que viene después de sentarte en el coche, ese, ese sabe a gloria.89

Porque pasar unos días con compañía tan bonita como un Londres en primavera es la mejor parte de todo.

A todos los que os emocionáis, al igual que yo,… Bon Voyage!

Todos somos

Puede que me haya retrasado unos cuantos meses desde aquel 8 de marzo para ponerme a hablar de esto. Pero no he podido evitarlo después de que hace unos días acudiera a una reunión de violencia de género y me hirviese la sangre.

Hace un tiempo hice un trabajo en clase acerca de la violencia de género junto con mis compañeras y dimos con un discurso en las Naciones Unidas de Emma Watson sobre la igualdad que decía que “es un derecho que las mujeres sean pagadas igual que los hombres. Derecho a tomar decisiones sobre el propio cuerpo, del mismo modo que las mujeres merecemos el mismo respeto que los hombres. No todas las mujeres han recibido los mismos. De hecho, estadísticamente muy pocas lo han hecho. ”

Aquí os dejo el link por si queréis echarle un vistazo: https://www.youtube.com/watch?v=c9SUAcNlVQ4

Por no hablar también, de todos los productos de televisión como cocina, limpieza, productos para combatir el estreñimiento o hemorroides, siempre son presentadas por las mujeres, como si los hombres estuvierais exentos de todo eso. Eso sí, siempre teniendo como experto a un hombre con bata blanca. Hoy en día, entre otras muchas cosas, las mujeres no somos las únicas que sabemos utilizar un trapo y limpiar.

Luego encendemos la televisión y vemos a una mujer que da el pecho a su hijo en medio del congreso para defender la igualdad. Soy mujer, me considero una persona que defiende sus derechos, una mujer que desea alcanzar un día en el que todos podamos ser iguales. Así que disculpadme si veo el hecho de la mujer que enseñó la teta a medio país, una tontería como una catedral. Por favor, dejad que me explique antes de saltar. Esa mujer lleva un traje con el que cualquier familia normal podría alimentarse durante tres semanas, esa mujer cuenta con servicios de niñeras y me apuesto un brazo que puede permitirse más de una. Pero, ¿qué pasa con la que por no poder, no puede ni pagarse el autobús? ¿Qué pasa con todas esas mujeres que consiguen dividirse en 8 para poder estar en todos los momentos de su vida, y además, poder prepararles un bocadillo a sus hijos? Yo os diré lo que pasa, que ellas no tienen como defenderse, porque por favor, me iréis a decir ahora que la mujer de traje ha hecho algo aparte de ser la comidilla de los medios durante unos días.

Y luego va medio país y aplaude el hecho. Que sí, lo entiendo, estamos tan acostumbrados a que todo el mundo pase del tema, estamos tan habituados a que la pelota esté siempre en el tejado del otro, solo nos molestamos en qué pasa en nuestra casa que el más leve movimiento nos parece la hostia. Es como esas personas famosas que salen en la televisión en anuncios de organizaciones de ayuda y un “Tú también puedes ayudar”. Y ahí nos veis, a los pobres mortales que contamos los céntimos con una mano, mandando ayudas a otros países. Alto ahí, soy la primera que soy voluntaria y aporto mi granito de arena, pero no, no soporto que el pringado que pide mi dinero sea el que con el anuncio ya ha ganado más de lo que nosotros tendremos nunca en la cuenta y seremos capaz de donar.

Pero vamos, me centro que me desvió del tema. La igualdad. Me pregunto yo qué me dirían si salgo ahora a la calle y pregunto a todos los que pasen a mi lado qué creen que es la igualdad. Pues dejad que os diga lo que creen que es los encardados de establecer esa igualdad: Pasarse la vida gastando saliva en decir que nosotros y nosotras somos encargados y encargadas de que nuestros hijos e hijas, es decir nuestro futuro, sean iguales. Perdonadme todos y todas los y las que pensáis que utilizar masculino y femenino es un camino a delante, cuando realmente es un paso atrás en pasos agigantados. Por favor, ¿de verdad? ¿Sabéis lo que es la igualdad? La igualdad es ese momento en el que nadie tenga que hablar de ello porque simplemente no esté presente en ningún aspecto de nuestra vida.

Igualdad es dejar de leer noticias tan horribles como las que se dan, esos casos en los que el hombre se sigue creyendo el dios del universo y se cree con el derecho de arruinar la vida a una pobre chica de 24 años que paseaba por la calle camino al trabajo. Igualdad es que una mujer tenga tanto derecho de trabajar y vivir una vida como otra cualquiera, igualdad es que el hombre sea capaz de darse cuenta que joder, los hijos también son suyos. Eso es igualdad, y no enseñar el pecho y sonreír a las cámaras. Y por lo que más queráis, si os encontráis conmigo por la calle, os juro que os lanzo el libro de RAE a la cabeza como me digáis “nosotros y nosotras” que sí, que el vocabulario es machista pero está admitido que el sexo genérico es el masculino, y puede que sea la única mujer del planeta que no se siente ofendida si me incluyen dentro del “vosotros”; pero hay otras que sí están a nuestra mano y sí se puede, así que, señoras y señores, usuarios y usuarias de wordpress dejad de gastar energía en defender gilipolleces y empecemos con lo que verdaderamente importa, porque unos pocos no somos suficientes.

 Una piscina no se vacía con cucharas de café.

 

 

Luces

Unos días después del final de mis prácticas hospitalarias puedo decir que sin duda han sido las más duras. Una planta donde puedo ver que aquel que dijo que en la vida recibes lo que das, era más tonto que un pistacho.

Diría que no hay nada en todo el mundo que te marque más que unos ojos jóvenes que gritan que quiere vivir pero sabe que no podrá. Quedarte sin palabras cuando te confiesan su mayor miedo porque si algo tengo claro es que hay momentos que las palabras no sirven para nada, no cambiarán algo que lleva un camino que no hay vuelta atrás; solo puedes sujetar una mano y prometer que mientras estés ahí, no está solo.

Cuando te das cuenta que los libros de texto no enseñan nada acerca del día a día, sino son las personas que se cruzan en tu vida las que te muestran lo verdaderamente valioso e importante. Escuchar algo tan sencillamente real como ese “no poder ir a la graduación de mi pequeña es lo que más me duele, todo lo demás es insignificante”

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Por esos consejos que te regalan, esos tan breves, una sola palabra que se te clava, un “vive” que viene de alguien que te asegura haberlo hecho plenamente, y sonríes.

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Por los que te prometen una caja roja de Nestlé por haber sido unas manos en las que poder buscar punto de apoyo y encontrarlo. A los que poder desear una vuelta a casa y los que se enganchan a la vida con uñas y dientes, y lo consiguen.

No poder evitar emocionarte cuando entre tantas historias, una te pide escuchar una canción de amor o te pregunta por el resultado del último partido del Athletic mientras se deshace hablando de un nieto que pronto comenzará a chutar balones y es entonces, cuando te señala con el dedo y te dice un maravilloso “y yo estaré ahí para verlo”

Por esos días en los que dudas qué puñetas haces ahí parada, alguien te dice un “Gracias, por todo” y lo sabes, que hace tres años tomaste la mejor decisión cuando decidiste empezar de nuevo.

Por esas vidas que tienen luz propia y a veces, tenemos la suerte de que nos alcance un poco de ese brillo.

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Fotos de Samuel Elkins.